
Nadie empieza una conversación contando la vez que se equivocó y costó dinero. Y sin embargo, esa historia vale más que diez procedimientos hechos bien.
Sagelix
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Hay una cosa que ocurre siempre cuando alguien cuenta lo que sabe. La primera media hora es la menos interesante de todas.
Salen los procedimientos, las buenas prácticas, cómo se hace correctamente. Todo bien contado, todo cierto y todo, en el fondo, disponible en cualquier manual del sector.
Y entonces, casi siempre por una puerta lateral, aparece la frase que lo cambia todo: «bueno, en teoría se hace así, pero una vez me pasó que…».
Ahí empieza lo que vale.
Por qué el error enseña más que el acierto
Cuando algo sale bien, aprendes que ese camino funciona. Cuando algo sale mal, aprendes dónde está el borde: qué señales había antes y nadie interpretó, en qué condiciones la regla general deja de aplicar, qué parecía la solución evidente y no lo era.
Eso no se puede deducir del procedimiento correcto. Solo se aprende habiéndolo vivido, o escuchándoselo a alguien que lo vivió.
Y es exactamente lo que le falta a cualquier sistema que haya aprendido solo de lo que está escrito, porque los manuales cuentan cómo se hace bien. Ninguno cuenta las veinte formas en las que se puede torcer.
El pudor es normal
Cuesta contarlo. Y tiene todo el sentido del mundo.
Te has pasado la vida profesional en un entorno donde el error se minimiza, no se comparte. Donde reconocer un fallo tenía consecuencias. Después de cuarenta años con ese reflejo, sentarse a contar la vez que la cagaste no sale solo.
Conviene tener presente una cosa: aquí el error no te señala a ti. Nadie va a saber en qué empresa fue, ni cuándo, ni con quién. No hace falta contarlo. Lo que se recoge es la lección, no el expediente.
Y hay algo casi liberador en el ejercicio: aquel día horrible que llevas veinte años recordando resulta que era, en realidad, la cosa más útil que aprendiste ese año.
Cómo suena un error bien contado
No hace falta dramatismo ni detalle. Con tres cosas basta:
- Qué pasó, en dos frases.
- Qué señales había que en su momento no se vieron o se interpretaron mal.
- Qué haces distinto desde entonces.
Eso es una lección aprendida completa. Y una sola de esas, bien contada, puede evitarle el mismo problema a mucha gente que todavía no lo ha tenido.
No hace falta que fueran errores tuyos
Vale igual el error del que fuiste testigo. El del compañero, el de la empresa, el del proveedor, aquella decisión de dirección que salió mal y todo el mundo vio venir.
Si te enseñó algo y todavía lo aplicas, cuenta.
La regla, si te sirve
Cuando notes que estás explicando algo que se podría mirar en un manual, tira un poco más del hilo. Pregúntate: ¿y cuándo esto no funcionó?
Lo que hay detrás de esa pregunta es lo que estás poniendo en valor.


